¡Qué fría esa noche! Como
gatos bajo la lluvia, Diego y yo tiritábamos esperando un taxi.
Todo sucedió ese sábado,
celebrando en un departamento chico lleno de personas que, al igual que
nosotros, decidieron no detenerse por el frío del invierno austral para compartir
un rato entre copas, personajes y algo de música.
Sucedió lo que no esperaba: miradas cruzadas una y otra vez; esos momentos en los cuales el fondo pierde relevancia frente a un punto que capta toda nuestra atención.
Sucedió lo que no esperaba: miradas cruzadas una y otra vez; esos momentos en los cuales el fondo pierde relevancia frente a un punto que capta toda nuestra atención.
Gracias a la valentía de
una chica especial, las miradas se transformaron en apretón de manos. Mi acento
delató una vez más que era un invitado a estas tierras, pero eso no importó;
las palabras comenzaron a fluir sin esfuerzo entre nosotros, haciendo que nos
olvidáramos por un momento del poco espacio que existía, la mala música que
sonaba y la mirada inquisidora de nuestros grupos de amigos.
Un baile que comenzó sin
buscarlo, una caricia que surgió espontáneamente, un lunar que incitó una
sonrisa, y un segundo que se transformó en beso.
Así comenzó todo.
¡Qué tibia resultó esa
noche!

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